domingo, 24 de enero de 2010

Maria, abrazando muertos vivientes



Que son los valles en pena si no mi sentir.

Valles desoladores que llevan mi alma a la cercanía de un dolor inmenso, deshaciéndose de todo desintegrándome con el pasar de los días.

Ausencias que gritan mi sueño una, y otra, y otra vez, desencadenando en una profunda melancolía, que siempre me gana aunque le clave uñas y dientes.

Mientras en la plenitud del desecado desierto se pierden agónicas almas descorazonadoras.
Heridas hechas con el puntal de un hierro forjado al rojo vivo, tejiendo mi idiota corazón al compás, miles de telarañas tratando que la herida no sangre mucho y desvanezco…

No quiero despertar en este pesar, de mi no tira nada que haga salir a flote mi merecido infierno.

Enjuago lágrimas de pura rabia hacia mi misma, y siento como jamás se secan mis malditos ojos.

Entremedias de esto están mis ganas de amar, de ser amada, de entregarme rendida de descansar, en un lugar de donde no me pueda sacar nadie, solo un alma fuerte, que entienda este sentimiento.

Abracé muertos vivientes me enamore de varios de ellos.

Necesito el frescor de ese valle, frondoso que llaman amor, no sexo, no seducción, simplemente un silencio cómplice, entre dos…

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