
María durante la sobremesa viendo la serie Anatomía de Grey, se pregunto si lo que le había sucedido hacia ya seis años no habría sido un tumor cerebral, de esos que te hacen ver visiones hermosas visiones, sensaciones, que te hacen tener sentimientos y parecer tan real como le estaba sucediendo a la protagonista de la serie.
Ahora en la distancia de minutos rotos se descubría casi sin recuerdos de lo que había vivido, esas horas de risas, de confidencias, de hacer el amor, de bebida, y seducción, ahora lo recordaba como si en realidad no la hubiesen sucedido a ella, si no a la protagonista enferma de una serie americana, limitados recuerdos, rincones oscuros de una felicidad engañosa y cruel.
María se había dado cuenta de que había vencido a dicho tumor, el veneno de una quimio de desengaño, de desamor, había cumplido su cometido, aunque dejando secuelas, la contaminaron de desconfianza hacia el amor, la seco de sentimientos románticos, esa cura la devolvió a la realidad, pero se le olvido devolverle la fe en el amor.
Sin embargo, pronto llegarían campanas, alegres sonidos de un altar de media tarde, alegre barullo de familia reencontrada y una próxima vida en común, para María seria fascinante mirar a los ojos a dos personas enamoradas, al menos, por una tarde, seria capaz de recuperar ese sentimiento tan nocivo como la quimio, miraría al amor a los ojos sabiendo que en ella jamás volvería a perjudicar y se sentiría segura.