
Maria no sabia como, ni por que, pero había días que la aplastaban aun antes de poner un pie en el suelo.
Posiblemente se envenenaba ella sola, le gustaba regodearse con el dolor, como una persona masoquista que adora y repele por igual ese dolor, se había vuelto masoquista del amor, del tiempo pasado y se una realidad cotidiana que odiaba con toda su alma.
A veces, esos pensamientos eran como una morera silvestre, espesa, profunda y que a pesar de dar unos frutos magníficos, deliciosos, dulces, casi perennes, y de que se protegían con espinas, siempre los recogía, a pesar de eso sabía y quería que, de una vez, que se marchitasen con el imparable paso del tiempo.
Ese matorral de recuerdos acoplados en un perfecto matojo de hojas que los protegían y que desde un tiempo pensaba que se habían secado anticipándose al otoño, ahora, sabia que siempre estarían ahí, los había vivido, había sido feliz y ya, todo eso pertenecía al pasado, era anterior y aunque lo sabia seguía metiendo la mano en esa frondosa morera dejándose la piel herida, ya fuese seca por el otoño o en todo su esplendor en pleno verano, llevaba cinco años metiendo las manos para coger esas dichosas moras.
Se puede llegar a enfermar por un amor no correspondido, o quizás por que fue él quien se negó a sentir como ella sentía, no saber asimilar las cosas, enfrentarse un día tras otro a curar su ego maltrecho, que Maria se olvido del suyo, cambiándose las tornas, pensar que él solo supiese ser un cobarde y huir, sin siquiera pensar si ella había salido adelante, le provocaba que metiese mas y mas las manos a ver si se hería mas y olvidaba.
Tú, rey Midas cobarde, Maria sabia que era fuerte, que en su corazón aunque tú estas presente y te sigue amando y odiando a la par, eres su adicción.
Como el sabor de las moras que la desarman las manos, que aunque sabe que se va a herir, la mejor mora, la del fondo esa de noches de Abba, aun seguía empeñada en cogerla, a pesar de las putas espinas, para ella eran las mejores, por que ella es la mejor.